Es una pregunta que escucho con frecuencia en consulta: ¿Por qué mi hij@ no puede parar de comer?
Detrás de esta preocupación, a menudo cargada de culpa o frustración, hay una realidad mucho más compleja que “malos hábitos” o “falta de voluntad”. En niñ@s con TEA y TDAH, la ansiedad por el alimento y la impulsividad al comer son el resultado de múltiples factores que se entrelazan, afectando tanto al cuerpo como a la forma en que se vive la experiencia de comer.
En La Raíz 21 entendemos que estas conductas tienen raíces profundas, y que sólo cuando miramos a la persona en toda su dimensión —neurológica, metabólica, sensorial, digestiva y emocional— podemos ofrecer un acompañamiento real.
1. Una mirada desde el sistema nervioso
En muchos casos, la impulsividad oral está relacionada con desequilibrios en neurotransmisores clave para la autorregulación:
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Dopamina: En TDAH, el déficit en la vía dopaminérgica mesocortical dificulta el control de impulsos y la capacidad de “parar” incluso cuando ya se ha comido suficiente.
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Serotonina: En TEA, los niveles bajos o la mala captación de serotonina pueden reducir la sensación de saciedad y el bienestar que normalmente sigue a una comida.
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GABA: Si este neurotransmisor inhibitorio está bajo (frecuente en ambos perfiles), el “freno” neural disminuye, favoreciendo la búsqueda impulsiva de comida.
El resultado puede sentirse así: “No puedo parar… no siento que ya comí… el placer me domina… me da ansiedad si no como”.
2. El sistema de recompensa y la comida como estímulo
Comer, especialmente alimentos dulces, salados o crujientes, activa la dopamina.
Cuando el sistema de recompensa está hipoactivo (como en TDAH) o desequilibrado (como en TEA), el cerebro busca repetir el estímulo para sostener el placer. Esto puede generar patrones similares a una adicción, con poca capacidad de freno y búsqueda constante de “ese” alimento.
Incluso cambios en la dieta (como retirar gluten, caseína o azúcar) pueden acentuar el deseo de comer, pues desaparecen estímulos que antes activaban de forma intensa el sistema de recompensa.
3. El papel del metabolismo
Las señales hormonales que regulan hambre y saciedad pueden estar alteradas:
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Leptina: si hay resistencia, el cerebro no “escucha” la señal de saciedad.
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Grelina: niveles altos de forma crónica aumentan el apetito, especialmente en casos de inflamación o ayunos prolongados.
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Hipoglucemia reactiva: muy frecuente cuando hay disbiosis intestinal o dietas altas en carbohidratos, provoca caídas bruscas de glucosa y hambre repentina e intensa.
4. El intestino como segundo cerebro
La salud intestinal influye directamente en la conducta alimentaria:
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Disbiosis con Cándida o Clostridia puede alterar el sistema nervioso central y aumentar la impulsividad, irritabilidad y antojos (especialmente de carbohidratos).
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Parásitos como oxiuros o protozoarios pueden generar hambre nocturna o ansiedad por comer.
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Inflamación intestinal y déficits nutricionales (grasas, proteínas, zinc, magnesio) alteran la señal de saciedad y la regulación emocional.
En estos casos, es el intestino el que envía señales falsas de hambre, que el cerebro no logra filtrar.
5. Neurodesarrollo y sensorialidad oral
En algunos niñ@s:
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La boca no recibe suficiente información de presión, textura o volumen, lo que lleva a buscar masticar, morder o tragar como forma de autorregulación.
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La persistencia de reflejos primitivos orales (succión, búsqueda, deglución inmadura) interfiere en la alimentación y en la activación de la saciedad.
Acompañar, no controlar
Cuando un niñ@ “no para de comer”, no necesitamos imponer un control rígido o vivir la comida como una lucha diaria. Necesitamos comprender qué sistemas están implicados y cómo podemos ayudar a que encuentre su propio equilibrio.
En nuestro intensivo de verano sobre alimentación abordamos este síntoma desde un enfoque integral:
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Regulación del sistema nervioso.
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Salud intestinal.
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Desarrollo orofacial y sensorial.
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Entorno seguro y adaptado.
Porque comer no es solo una necesidad biológica: es una experiencia profundamente ligada al bienestar, al vínculo y a la manera en que cada persona se siente en su propio cuerpo.